Las plazas constantes

En uno de mis viajes encontré una plaza circular, con cajas situadas a lo largo de toda su circunferencia. La gente iba a la plaza y se pasaba las horas charlando, discutiendo, leyendo, y a lo largo del día, todo el mundo se acerca a las cajas a introducir en ellas pequeños pedazos de papel con frases que les habían gustado de todas las que oían por la plaza en cualquier conversación, o en un libro, o en un sueño; eligiendo la caja en función del tema sobre el que las frases trataban, o de la sensación que provocaba escucharlas, o por la forma en la que estaban contadas.

Por las noches, todo el mundo se acercaba a ellas, y en cada caja una persona empezaba a leer continuadamente los papeles que contenía. En el silencio que separaba un papel del siguiente a veces alguien levantaba la mano, y si alguien más lo hacía, se salían del círculo y formaban otro aparte, escribiendo en un papel a la vista la frase que acaban de oír y les había motivado a juntarse.

La gente pasaba así la noche sentada alrededor de las distintas cajas, o paseando entre los cientos de pequeños círculos que no paraban de surgir, y cuando les entraba sueño muchos se acercaban a la caja de pensamientos-de-poesía, alrededor de la cual la gente se iba quedando tranquilamente dormida, mientras alguien les seguía leyendo las frases más bellas.

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