Las plazas vacías

Llegué tras caminar durante varios días a pié, despues de haber naufragado en una costa escarpada una noche de violenta tormenta, a una plaza enorme pero completamente vacía. Sobre ella caían la nieve, la lluvia y las noches. Por lo demás, en todo el tiempo que estuve, nunca pasó nada, todo era estático, como la piedra de la que estaban hecha

las enormes baldosas que cubrían el suelo, en muchos lugares levantadas e inclinadas como si en algún momento una gigantesca mano las hubiera hecho saltar de su sitio de un tremendo manotazo, desbaratando su ordenada disposición inicial;

las extrañas estatuas de formas retorcidas que se extendían paralelas al suelo;

las columnas, que llenas inscripciones se elevaban hasta perderse entre las abultadas nubes oscuras que cubrían constantemente el cielo.

Las leyendas que circulan acerca de esta plaza cuentan que una vez cada cierto tiempo indefinidamente prolongado, las nubes se abrían por un periodo igualmente indefinido. Si coincidía que en ese momento era de día, entonces la plaza se llenaba de gente, embriagada por el sol, tanta que apenas cabían. Y podían llegar a quedarse durante días, años o generaciones, siempre hasta que las nubes volvían a cubrir todo el cielo, o hasta que todos los soles se ocultaban y el día se acababa. El misterio era dónde iban después, dónde se ocultaban para no volver una vez que llegaba ese momento.

Pero de eso no había ningún libro que hablara. Todas las historias terminaban ahí.

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