Las plazas eternas

En el límite oriental del continente, existe una plaza en lo más alto de un acantilado, justo donde la tierra acaba y ya no hay más que mar. Cada tarde al caer la noche da comienzo una masiva asamblea a la que todo el mundo acude, y en la que el orden del día es siempre el mismo, mínimo, con un único punto inmutable, el de la única decisión que queda por tomar.

Cada noche, el consenso es casi unánime desde el principio, pero la cuestión no acaba zanjarse a falta de ultimar los detalles; eso es lo complicado, el cómo. La sucesión de matices es interminable, por cada mínima posibilidad que alguien plantea surgen acaloradas discusiones, y así se van sucediendo las horas con largas disertaciones bajo el cielo negro estrellado, ante las caras rojinegras por la luz de las hogueras.

La asamblea termina dándose por finalizada siempre en el mismo momento exacto, cuando en medio ya de una tenue claridad, el primer pedazo de sol asoma sobre el horizonte, arrojando en forma de luz la demostración inapelable de que, una vez más, el fin del mundo queda pospuesto, al menos por un día más.

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