Las plazas inevitables

Te puede ocurrir que estés leyendo algo, mirando la televisión, removiendo el potaje en la olla haciendo tiempo para que se enfríe, cuando una distracción de origen incierto te detiene y posa tu atención sobre una de las patas del piano. O en la esquina del rodapiés. O en el interruptor de la pared. O en el silencio en el que de pronto te ves inmerso.

La plaza comienza ahí, en ese pequeño punto, parte de ese espacio desde el que tu consciencia se va filtrando como un gas que escapa por la Ventana.

¿Es el sonido de la calle lo que escuchas, aún sentado en tu sofá, aún sujeto por el somier de tu cama, aún moviendo mecánicamente la cuchara de madera? ¿Es ese alboroto la calle, el sonido habitual de la calle, unos turistas, la juventud? Te retienes a ti mismo. Recuperas el control, te lamentas de la abstracción y renuncias voluntariamente a la plaza con desazón y enfado. Y sigues a tus tareas.

Te has ido a dormir. Estás soñando que estás en tu casa leyendo algo, mirando la televisión, removiendo el potaje en la olla haciendo tiempo para que se enfríe, cuando una distracción de origen incierto te desplaza de lo que estabas haciendo y sientes que alguien, que algo, te rodea con sus enormes brazos. El abrazo te llena por dentro. Al principio te calma, te reconforta. Al principio desaparece toda sensación de soledad. La plaza comienza ahí…

Vuelves a despertarte.

¿Hace cuánto dejaste de parpadear?

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