La plaza subterránea

Una vez llegué a una plaza siempre viva y poblada. No era solo un lugar de paso, sino de residencia: mucha gente estaba allí sentada todo el tiempo, charlando y tomando té; los artistas ensayaban sus espectáculos; los ancianos fumaban pipas; los lectores leían. Los habitantes de la ciudad no volvían a sus casas, sino que se quedaban allí sentados todo el tiempo, comían y dormían allí, todos juntos. Estuve con ellos, mientras un gran reloj marcaba el paso de las horas y de las estaciones.

La plaza tenía un extraño poder de atracción: los que se quedaban, ya no querían irse…lo intentaban a veces, pero siempre volvían, atraídos como por un imán invisible, una fuerza casi mágica. Un día descubrí que, por debajo del hormiguero de la explanada, había un mundo subterráneo, que lo visible era solo una pequeña parte de lo que realmente existía allí. Por debajo de la plaza corrían pasillos y túneles por donde los habitantes se encontraban y se mezclaban de las maneras más curiosas. Bajo la tierra, se cruzaban las miradas, nacían amores y desamores, ilusiones, desilusiones….otros bailes que eran invisibles en la superficie.

Allí debajo encontré la misma gente que estaba arriba, pero eran los sentimientos escondidos los que se movían por esos pasillos, las cosas que no se decían, los recuerdos que no podían recordar, los deseos que no podían proclamar. Allí debajo se cruzaban los hilos múltiples del pasado y del presente. Encontré personajes de otros siglos, atrapados en la telaraña de esas profundidades: gendarmes de otros tiempos, caminando perdidos con sus añejos uniformes… revolucionarios persiguiendo pasiones de otras épocas; encontré dolores e ilusiones de ayer y de hoy, estratificados en capas de una extraña arqueología.

El mundo que vivía debajo de la plaza, latía como un corazón enorme… mientras arriba se seguía tomando y fumando pipas, hasta el próximo toque del reloj. Ese corazón subterráneo es lo que atrapa el transeúnte, y lo obliga a recorrer infinitamente los pasillos misteriosos de esas entrañas.

Aún no he podido abandonar esa plaza.

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