La plaza es

Tirano da vueltas en su lecho. La sábana que se le enreda en la cintura no le deja respirar. Hace días que no puede dormir. Forcejea con la colcha, golpea la almohada, palmotea en el aire intentando sofocar el rumor. Frustrado, exhala un desaliento y agudiza el oido. Ahí está otra vez. Ese ruido atronador. Primero cientos, luego miles, y más tarde millones de voces se alzan desde el suelo de la Plaza. Esa Plaza en la que hordas de personas hablan, imaginan, piensan, están. Son.

<< Ahí están mis enemigos. Ahí están los culpables de mi imsomnio. Justo ahí >>, piensa. Tirano cierra los ojos y trata de memorizar cada timbre y cada tono. En su cabeza intenta clasificarlos y poner orden sobre el caos. Pero es inútil. << Son demasiados. Tan distintos y tan iguales… >>

A la mañana siguiente, encorvado sobre el gigantesco mapa de la ciudad, Tirano planea las tácticas y movimientos de su tropa. Sobre la cartografía, calcula los ángulos de tiro, dispone sus recursos, distribuye su armamento… Los perímetros de la Plaza quedarán aislados, protegidos y reforzados. << Nadie entrará más. Nada saldrá más.>>, repite sin cesar . La tensión de su mandíbula y el temblor de su mano delatan su ansiedad. Quiere saber. Quiere entender. Porque cuando lo haga, podrá destruir. Sólo entonces, el golpe será devastador.

Tirano respira hondo y agarra la corneta. Sopla fuerte para llamar a filas. En pocos segundo, su ejercito se organiza y se cuadra ante él. Bajo su mando, caballería e infantería avanzan hacia la Plaza por las calles aledañas. Caminan con paso firme y rápido, desprendiendo un ritmo constante, metálico y homogéneo. Todos toman posiciones. Tirano alza la voz y sus comandantes le hacen los coros.

– << Cargueeeen >>

– << Carguen >>

– << Carguen >>

– << Apunteeen >>.

– << Apunten >>

– << Apunten >>

– << ¡Fuego! >>

– << ¡Fuego! >>

– << ¡Fuego! >>

La Plaza estalla por los aires. Tras el polvo del escombro puede verse el resultado. Las bombas han destripado el suelo y descarnado las aceras. Las fachadas desolladas aún se sacuden y rugen de dolor. Tirano sentencia: << La Plaza ya no está >>.

Vuelve a casa borracho de orgullo. Con el bailoteo ágil de una peonza se desplaza por el cuarto. Baila, gira, da vueltas hasta caer rendido en su lecho. Quiere dormir. Quiere olvidar. Cierra los ojos. Pero de pronto, un murmullo se oye desde abajo. Una voz nueva y conocida con un timbre singular pero común. Dos voces. Tres voces. Cientos. Miles. Millones. Tirano se clava las uñas en la cabeza. Se levanta y da tumbos hasta el balcón. Agarrado a la barandilla, con toda la fuerza de un sólo hombre, Tirano escupe y brama. Gime angustiado. Entre lágrimas pregunta:

– << ¿Quién eres? ¿A qué obedeces? >>
– << No soy nadie>> . Responde la Plaza al unísono. – << Pero soy todo y soy de todas >>.

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