Las plazas caleidoscópicas

Después de un tiempo viajando por pueblos y naturalezas de todo tipo llegué a una gran ciudad llamada Kalós. Las gentes de los alrededores me habían asegurado que no era una ciudad especialmente bella pero que había una plaza en el centro que era “como-un-ser-vivo”, lo cual me generó mucha curiosidad. Pero nada más entrar en Kalós me di cuenta de que iba a ser difícil encontrar aquella plaza. Era prácticamente imposible orientarse entre aquellas calles idénticas unas a otras, construidas como una cuadrícula perfecta, sin numeración ni nomenclatura. De nada me servía tampoco preguntar a las gentes del lugar pues nadie parecía querer ayudarme. Eran unas gentes silenciosas, que vestían con colores grises y caminaban con prisas. En un principio pensé que tal vez hablaban algún tipo de dialecto cerrado y por eso no me contestaban. Después de muchos intentos llegué a creer que realmente tenían algún tipo de sordera congénita.

La ansiedad se apoderó de mi y empecé a maldecir el nombre de Kalós (la palabra significa “bella” en griego) para una ciudad tan repleta de fealdad. Fealdad por la monotonía, fealdad por la perfección y la rectitud de los movimientos. Fealdad, porque parecía no existir lo imprevisible. Estaba cansada y empezaba a barajar la posibilidad de marcharme de aquel lugar cuando a lo lejos vi a una anciana con un pañuelo rojo sobre sus hombros. Primera nota de color que encontraba, primera señal a seguir. Caminaba despacio y con esfuerzo. Cuando llegué a su lado me miró con seriedad y me dijo con voz grave “date prisa o no llegaremos a tiempo”. “¿A tiempo de qué?”. “Del próximo cambio”.

Como la intuición es sabia y no tenía nada que perder decidí seguirla. Sentía que cada vez caminábamos más despacio. Mi ansiedad fue desapareciendo y me limité a dejarme llevar. Empecé a ser consciente de cómo se apoyaban mis pies en el suelo a cada paso. Empecé a pensar en todo lo que me había llevado hasta allí. Empecé a sentir mi propia respiración cada vez más pausada y llegó un momento que creí que sería capaz de caminar incluso con los ojos cerrados. Sumida en mis pensamientos no me di cuenta de un ligero cambio en la tonalidad de las fachadas de los edificios. Algo así como el reflejo de un atardecer… “A la vuelta de la esquina”, dijo la anciana mientras cambiaba su rumbo sin despedirse y a la misma velocidad de tortuga se alejaba de mi.

Y efectivamente, ahí estaba, por fin, a la vuelta de la esquina, la plaza de la ciudad de Kalós. Al entrar en ella sufrí una especie de deslumbramiento, como quien lleva mucho tiempo en la oscuridad y de repente sale a la calle un día soleado de verano. La cantidad de gente que allí había, algunos sentados, otros caminando en direcciones aleatorias, otros corriendo, otros bailando… la cantidad de colores de sus ropas, de los árboles, de las farolas pintadas, de las carpas, de las fuentes, de los toldos, de las flores… la cantidad de sonidos, murmullos, conversaciones, susurros, música, gritos, risas, llantos, cánticos… la cantidad de olores, agua, lluvia, humanidad, tierra, comida, animales… todo ello en su conjunto no fue lo que me desorientó. No, era algo más. La plaza tenía forma triangular y en cada uno de sus laterales las fachadas de los edificios estaban cubiertas por cristales que a modo de espejo reflejaban y reproducían hasta el infinito todo lo que allí dentro cabía, elevando a la máxima potencia las cifras concretas y las posibilidades cromáticas, sensitivas, auditivas e incluso táctiles. Era imposible saber en qué dirección caminar, porque era imposible saber con exactitud en que lugar de la plaza me encontraba yo misma.

Empecé a sentirme mareada con tanta sobre exposición y me acerqué a una de las fuentes para refrescarme un poco. Fue entonces cuando descubrí que la vibración que sentía no venía de mi propio cuerpo, que el mareo era producto de un ligero temblor que parecía venir del centro de la tierra, como el anuncio de un terremoto. El agua de la fuente temblaba y los cristales de los edificios producían un ligero tintineo, del que nadie parecía percatarse. De pronto sonaron doce campanadas y se hizo el silencio. Todas las gentes pararon de hacer lo que hacían y levantaron los brazos hacia el cielo, como saludando al sol.

Al mirar hacia arriba y ver cómo el sol y las nubes parecían desplazarse con rapidez, lo entendí: no, no se movía el sol, era la plaza la que se estaba moviendo. Cambiaba de sitio. Por eso no se podía encontrar. Por eso era “como-un-ser-vivo”. Por eso era Kalós.

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